lunes, 16 de junio de 2008

El egoísmo puede costar caro

Atilio era un buen hombre que vivía en una aldea. Su situación era humilde, y a duras penas le alcanzaba para alimentar a su familia.
Se movilizaba a pie por los pueblos vecinos y el suyo, ofreciendo sus servicios. A veces, tenía hasta tres días de viaje, por lo cual llevaba unas pocas herramientas y ropa en una pequeña bolsa.
En algunos pueblos había cosechado amigos, de hecho, a veces comía y dormía en sus casas.
Un día, casi llegando al pueblo de Malaqué, a dos días y medio de su casa, entró a un lago a refrescarse. Para su asombro, encontró que en él había una gran cantidad de monedas de oro, se veían cientos, quizás más. En un año, normalmente, no llegaba a ganar el valor de una.
Primero pensó en ir hasta Malaqué, a sólo media hora de viaje, y pedirle a Eugenio, uno de sus mejores amigos, que le prestara su carreta para cargar y llevar las monedas a su pueblo, pues sería imposible hacerlo a pie. Pero se dio cuenta de que tendría que compartir, al menos algunas, con su amigo.
Para no despertar sospechas, decidió tomar dos de ellas y regresar a su pueblo, donde compraría una carreta para luego volver por el resto. Y así lo hizo.
A los tres días, estuvo nuevamente en el lago pero, para su desgracia, las monedas ya no estaban.
“Si hubiera resignado algunas de ellas” pensó, pero ya era tarde.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me parece muy bueno, muy real, representa esa tendencia egoísta de la vida. Hasta lo usaría en una antología, si es posible.